lunes, 5 de noviembre de 2018

Se balancea el sol, sonriéndonos, acariciando con su último brillo, mermando su cálido manto. La noche pide paso entre sus largas trenzas, la oscuridad quiere anunciar la llegada del helado velo tintineante.

Somos muchos, nos agazapamos en nuestro rincón, alimentados, protegidos, lejos del dañino suelo, lejos de la larga caída. El viento amenazante nos advierte con su mecer del cercano momento, de ese instante en que pasaremos a ser alimento de nuestra descendencia. Algunos temen, yo solo espero, el tiempo nos hace más pasivos, nos aletarga, parece prepararnos para nuestro inevitable fin.

Aguardo el seco golpe que me haga caer observando todo lo que forma parte de mi desvanecer en una vertiginosa carrera hacia el final, o hacia el principio. El ciclo es nuestro Dios, la rueda nuestra naturaleza, esa rueda que nos empuja a volver y volver, a nacer y nacer.

No temo, quiero volver a la raíz, beber de su vida, ese momento único que marca nuestro nuevo devenir. Somos simplemente estelas centelleantes de vida, fugaces, leves, maravillosas hojas alimentando el manto sobre las raíces.

Las ramas no son nuestro hogar, la savia es la verdadera morada, ese rincón donde somos parte de algo más importante. La lírica antes de la épica, el crecer del héroe y del villano. Todos somos parte de la misma historia en este árbol de vida, todos tenemos nuestro papel, y en la raíz se encuentra la clave de todo.

Tanto tiempo queriendo ser grandiosos y al final solo somos alimento. No es triste, no es insignificante, solo es. Elegimos como brillar, como mostrar nuestro color, como bailar en el largo día de nuestra existencia, como apagarnos en la larga noche de nuestra decadencia, pero solo somos uno más, y en esa esencia está nuestra alma. El alma y la raíz, somos uno, savia. Y nuestro sabor no es el mismo, extraordinaria obra difícil de comprender, como casi todo lo extraordinario de nuestro existir.

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