Un vaso vacio desvela parte de mis intenciones. Esta noche no quiero ser dueño de mis actos, quiero tener una excusa para perder la cabeza. Aspiro cada silencio hasta el punto de convertirlo en algo perverso. El mero hecho de mirarla me hacía sentir sucio, solo con dirigir mis ojos a donde la luz jugueteaba con sus curvas me hacía convertirme en el mayor depravado que la obscenidad podía concebir.
Su manera de moverse hipnotizaba cada segmento de cordura que había en mí, si, tenía mi consentimiento, podía raptar mi consciencia y llevarme a esa carcel donde quería estar, ese rincon donde sus piernas serían el mas delicioso grillete que un hombre podía desear. Un castigo que de producirse, cualquiera suplicaría fuera eterno.
Su boca humedecia por la saliva era un pecado aún sin cometer, una blasfemia contra la inocencia, el detonador de la explosión de mi deseo, el alpha y el omega de mis pensamientos. Derrotado, apurando la última bocanada de voluntad que aún ardía en mi, me rendí a su sensualidad, deshice cualquier muro ante tal demostración de poder, y lloré.
¿Como alguien puede romperte el corazón sin haberse ido aún de tu lado? ¿Como alguien puede convertir una mirada en una bomba que estallaría en mis recuerdos una y otra vez? He sodomizado cada uno de mis delirios convirtiendola a ella en el único ser que importa realmente en mi memoria, y ni este asqueroso vaso vacío puede traerme el eco de esa mirada.
Ella lo sabía, yo lo sabía, una guerra perdida antes de empezarla. Pequeño secreto, aún punzas en cada latido, y soy conocedor de que la única forma que acabe este dolor no se halla entre sus sabanas, si no en el lugar donde yaceran mis huesos.