Existe un lugar, un rincón donde aún se puede escuchar los ecos lejanos de esta historia que os voy a contar, un pequeño pueblo cuyo nombre original ya fue más que olvidado.Muchos se ríen y se burlan de mi cuando cuento esto, no suelo hacerlo, pero el alcóhol nos hace demasiado charlatanes y sinceros.
El invierno duraba demasiado, eran largas y frías las noches para aquellos niños. 111 chiquillos había en el pueblo, donde 222 padres criaban y educaban a sus hijos. Las 333 personas juntas hacían una sociedad perfecta, organizada, disciplinada, ordenada.
La villa se encontraba asentada en un hermoso valle que dormía a la sombra de una grandiosa fábrica. La famosa Fábrica de Juguetes era el sustento de todos los habitantes. Así que como véis todo era perfecto en aquel maravilloso lugar.
Cuentan que un oscuro y tormentoso atardecer un niño perdido entró a la fábrica a refugiarse de la lluvia. El recinto tenía siniestras formas al llegar la noche, a nadie le gustaba estar allí después de la puesta de sol pero era un buen cobijo. El chico se quedó dormido mientras esperaba que acabara el temporal, pero le desperto un ruido, un leve pum, pum, pum, continuo, suave, rítmico. Se levantó y buscó el origen de tan singular sonido.
Abríó una pesada puerta y al entrar no podía creer lo que veían sus ojos, 333 recipientes se encontraban frente a él, sobre 333 mesas, con 333 etiquetas con sus 333 respectivos nombres. Nadie le había contado nada sobre ese salón, no sabía muy bien que era aquel lugar. Pero aún sus oidos notaban un leve pum pum pum pum. Buscó el recipiente con su nombre entre aquellas mesas y al acercarse el sonido se hacía mas intenso. Se quedó quieto contemplando aquella vasija, se armó de valor, y la descubrió. Dentro estaba su corazón, él no lo sabía, pero lo que se hallaba dentro era su corazón, aquello que latía y lo llamaba era su olvidado corazón.
No entendía muy bien que era aquello, ni siguiera por que hizo lo que hizo, pero abrío esa pequeña puertecita que tenían los 333 habitantes del pueblo en su pecho e introdujo ese objeto latiente dentro, la cerró lentamente y comprendió todo, en solo segundos lo entendio todo.
Los días siguientes a aquel suceso fueron maravillosos, los colores tenían un significado, no solo eran mezclas cromáticas. Las risas no eran sonidos opacos para hacer por repetición. La risa era esa sensación de levedad, de ingravidez que golpeaba con alegría sus pensamientos. Saltaba, gritaba, se revolcaba por la hierba, mientras los 332 habitantes lo miraban con incredulidad.
Una noche, su madre se sentó junto a su cama y le preguntó si había estado en la fábrica. El niño contesto que sí. Su madre con una triste sonrisa le pidió que devolviera el corazón. El no comprendía como era posible que su madre supiera su pequeño secreto.
-¿Sabía la existencia de ese salón y esas vasijas? Dijo el niño con tono culpable.
-Hijo, todos los adultos del pueblo lo sabemos, nosotros creamos aquel salón. Dijo la madre con un amago de tierna sonrisa.
-Mama no quiero devolverlo, no quiero, me siento feliz desde que late dentro de mi hueco. Al decir esto llevó sus manos a la trampilla de su pecho protegiendola de su madre.
-Hijo, renunciamos a ellos hace mucho tiempo, si, te hará feliz durante un tiempò, pero luego te darás cuenta que duele tenerlo, que el sufrimiento es el precio que hay que pagar por sentir. Y creeme puede ser un precio muy alto.
-Mama, yo no quiero dejar de sentir, aunque duela. Al decir esto algo resbalo por la mejilla del chiquillo.
-Ves, ya empieza, no sabes lo que es verdad. Es una lágrima, y en este pueblo se derramarón muchas con aquella guerra, después de que acabara decidimos entregar nuestros corazones a la fábrica. Al decir esto la mujer seco la lágrima de la mejilla de su hijo.
El chico pensó mucho sobre lo que su madre le había contado en los días posteriores y decidió hacerle caso. Dispuso desprenderse de su corazón como el resto de sus amigos, como su familia, como todos en aquel pueblo, ya estaba un poco cansado de la forma en la que lo miraban, total, para que sirve un corazón.
Cuando llegó a la fábrica no recordaba con exactitud donde estaba el Salón de los latidos, y mientras lo buscaba llegó a una sucia habitación, todo estaba tapado con sabanas. Encendío la luz y la curiosidad le hizo destapar una de esas sabanas, encontró una extraña mesa con unas piezas blancas y negras al borde. Toco una de estas piezas y emitió un vibrante sonido. Siguió tocando cada una de esas piezas reconociendo diferentes sonidos en cada uno de los golpes de su dedo. El tiempo no parecía acabar mientras el hacía vibrar el hueco de su pecho donde se encontraba su corazón, jamás había experimentado algo igual.
Su curiosidad le hizo girarse hacia otro de los muebles que se encontraba junto a la pared, descubrió la sabana que lo envolvía. Era un estantería con libros, pero los libros no eran los del colegio, no eran dogmaticos, paso horas y horas leyendolos, hablaban de amor de aventuras, incluso de un caballero loco que iba acompañado de un un escudero leal y razonable. Esa noche pasó rápido, la noción del tiempo había desaparecido para nuestro amigo.
Cuentan que jamás se supo más de ese niño en el pueblo, que nadie más sabe que ocurrío. Pero que desde entonces de la Fábrica de Juguetes sale una hermosa música todos los días al atardecer. Dicen que un viejo canta y cuenta historias de un pueblo donde 332 personas renunciaron a su corazón. Que cuenta lo hermoso que puede llegar a ser el dolor cuando bebes y escuchas una dulce canción. Que un beso no tiene sentido sin el eco de un latido. Que un niño debe saber que la risa es la mejor llamada a Dios. Que derramarse en un mar de lágrimas hace a hombres y mujeres fuertes. Que un sollozo es ese gesto que nos hace nuestro corazón para que nuestra niñez aflore durante segundos. Y que un sueño es la forma que tiene un corazón de presentarse ante nosotros. Pum pum pum.