Cara a cara, nos miramos, sonríe, se sienta junto a mi. Sus ojos entran en mí, me da miedo y a la vez confianza. Parece por momentos un vagabundo y en otros un rey exiliado escondido de la humanidad que aún guarda un brillo noble en su mirada.
Le pregunto pero de mi voz no sale nada, su sonrisa se extiende aún más. El silencio nos acompaña, nos sirve, nos acomoda. Sé lo que quiere y él sabe que lo sé. La Noche baja y nos saluda mientras danzan las Dudas alrededor de una solitaria palabra, Libertad.
Hace años que no hablábamos de esta forma, pero hoy se sentó, vino a verme y su silencio me contó cosas que ya conocía. Midiendo lo mismo el parecía mas alto, parecía inmenso, eterno, el principio de un llanto acabado en sonrisa y el final de una sonrisa que se tornaba llanto. El circulo del tiempo entre las manos de un solo hombre y en sus labios las quejas apagadas de tantos y tantos años, el perdón de un linaje y el rencor de él que nunca olvida.
Un abismo frente a nosotros y la Noche charlando con la Soledad. Él coge mi mano y me invita a saltar. Los ojos de un anciano que vi de niño vienen ahora a mirarme siendo los de un niño. El miedo ha desaparecido pues en su calor encuentro lo que buscaba y el abismo ya no es tan oscuro ni tan profundo. Ambos saltamos mientras entre risitas Noche y Soledad nos señalan.
Sentado junto a un lobo ha venido Amanecer a verme. Un lobo que me da miedo a la vez que confianza.