-Llevo mucho esperandote, sentado, junto a esta ventana donde la brisa juega a despeinarme y ahora te sientas juntoa mi y te quedas callada. Sabía que solo bajarías caundo creyeras que mi cabeza soltaba amarras, pero ese barco encalla muy facillmente princesa.
-Me gusta contemplarte, mitad niño, mitad anciano, una canción que se canta en silencio, una mirada que cuenta lo que su boca calla, así te veo, y así necesito verte.
-Bien conoces que entré en esta torre a esperarte por que en ella te posaste por primera vez a contemplar como de mis manos nacía esa magia, que nos hace únicos a los humanos. Y desde aquella noche mi condena fue anhelarte, mirarte de lejos, sin poder tocarte, sin rozar esas hebras de plata que ahora cortan mis suspiros. Secuestraste mi cordura para hacerme niño canción.
La Noche entró, altanera, saludo a Luna y se limito a quedarse de pie observandonos, callada, jugando con los cachorros de sombras que bailaban de acá para allá, coqueteando con el rostro del niño, y perdiendose en la profunda oscuridad de aquel torreón. Tardó un buen rato Noche en hacer gala de su voz hermosa, sugerente, digna anfitriona de donde tantas pasiones ahogaron su eco.
-Luna este chiquillo vestido de melodía y harapienta libertad ha estado mucho tiempo esperandote, al menos dile que quieres de él.
-Madre, me gusta su compañía, tiene el don de divertirme con su risa y su voz. Lo acuno y el me cuenta sueños, miedos, amores, deseos, penas. Él sabe bien que quiero de él.
-Noche, usted es la madre de todo aquello que abraza, que oculta bajo tan poderoso manto, y en éste me he cobijado en multitud de ocausiones. Los deseos de su hija Luna son la mas hermosa de las maldiciones. Al decir esto el niño calló de golpe, como si su boca se hiciera complice de su mente y ambas se cobijaran con pudor frente a las dos damas.
-Continua niño. Ordenó Noche con la autoridad de aquella que todo lo había contemplado siemdo complice de cualquier acto imaginable.
-Sólo que, querría pedirle que no me privara de poder contemplarla de cerca, rozarla, acariciarla, poder susurrarle al oido todo aquello que hace que renuncie a mi condición de humano. Son cientos de años los que espero para poder acercarme a ella y tomarla entre mis manos. Es tanto tiempo que mi mente olvida ya lo escrito y contado, y la canción se vuelve a repetir, un estribillo maravilloso, hermoso como nada para mí, pero q es interrumpido por una larga estrofa, arpegiada por la ley de la Noche, tocada por manos del tiempo, arreglada por golpes de mar y viento, pero es una tortura, un tormento hasta que llega el estribillo que ahora entono, que se abre paso por mi garganta para cerrarse en un tembloroso nudo. El nudo que anuncia su fin.
Noche calló, y Luna se acercó a la cara del aciano para secarle dos brillantes lágrimas que brotaban de sus ojos. Una tierna sonrisa brotaba sutilmente del rostro de un niño, que comenzó a cantarles a la Noche y a la Luna.