ESTE
ES MI REINO
La
brisa mece a cámara lenta cualquier atisbo de cordura a mi alrededor. Estoy en
un Coliseum, la gente me contempla esperando a que la parálisis de mi cuerpo
desaparezca y pueda comenzar mi acto. El ensordecedor jaleo satura mis
pensamientos, estoy bloqueado por completo, no puedo moverme.
De repente una columna de humo marca el
tempo de gritos y alaridos, como un demente director de orquesta dando paso a
los vientos, estridentes e histriónicos. Una avalancha de gente se precipita en
el sentido contrario al de las llamas emergentes. Yo sigo bloqueado, quieto, mi
mirada perdida solo es un testigo pasivo de tal catástrofe. En medio de la
arena solo estoy yo, de pie, sucio, encadenado, tapado solo por unos harapos que
caen desde mi cintura hasta mis rodillas. No puedo apartar la vista de la
masacre, no disfruto pero tampoco sufro. A cámara lenta el fuego se propaga a
lo largo de todo el graderío.
En breves instantes solo quedan restos
humeantes y un fuerte olor a carne quemada. Una figura observando el dantesco espectáculo,
petrificado, con el pecho secuestrando una bocanada de aire y un sudor frio que
perla mi desnuda espalda. De repente me percato de la presencia de algo a mi
lado. Golpea mi garganta el aire entrando como un invitado inesperado para mi
cabeza pero vital para mi cuerpo. Me despierto de mi letargo mirando a mi nuevo
acompañante.
Un perro, un vulgar can, sin pedigrí,
callejero, sucio y de aspecto dócil. Echado cerca de mis pies descalzos,
bostezando, con pachorra, con indiferencia ante la locura allí acontecida.
-¿Hoy no te
aplauden verdad?
Una voz golpea mi conciencia, miro alrededor
y no hay nadie, los restos de la infernal escena han desaparecido, y solo quedan
piedras erosionadas, antiguas, viejas como el mismo sol que las calienta, ni
humo, ni carne.
-Soy yo, imbécil
Miro hacía el animal y veo que me está
mirando fijamente.
-Sí, puedo
hablar
-Dios
-No, ese no
habla contigo. Estamos en un sueño, no soy real, ni esta escena, lo único real
que hay aquí eres tu. Al menos eso crees.
Tras decir eso se posó sobre sus cuatro
patas y empezó a dar lentamente unos pasos alejándose de mi.
-Continuaremos
esta conversación en otro momento, en otro sueño, ahora toca despertar. Creo que
ya he sembrado algo de locura en tu árida mente.
-¿Por qué un sueño?¿Por
qué a mi?
-Porque este es
mi reino, y porque puedo.
Miré como se marchaba, como se iba adentrando
entre las sombras, pero ya no era un perro callejero, era un lobo.