lunes, 16 de enero de 2017



   Un instante entre el caos, el aleteo de un ave despierta mis sentidos mientras todo se detiene alrededor. El vértigo, antes extraño en mi cuerpo ahora se convertía en el mejor anfitrión para albergar la percepción de mi nueva situación.

   Cuando la locura se presenta con el amargo sabor a bilis y el golpeteo de la adrenalina mientras el paisaje se torna rojo sangre, no es fácil parar el tiempo. Algo sencillo para mí, en estos momentos, se hace altamente complicado. Para detener el tiempo debo centrarme en algo que esté detenido, en calma, que sea testigo mudo de todo lo que en la escena acontece.

   Me centré en una figura lejana, traje negro muy elegante, ojos verdes, pelo perfectamente cortado y peinado. Una sonrisa cálida dibujada en un rostro hermoso, bien afeitado, todo impecable tanto en su indumentaria como en su aspecto.

   Debia abstraerme mucho para hallar la melodía idónea para que el tiempo me escuchase. Esta vez no tuve más remedio que silbarla, con unos instantes me bastaba para huir de aquel lugar. No me apetecía ponerle letra a la melodía, ni el reloj corría a mí favor.

   El aleteo de aquel ave fue algo extraño. Cuando detengo el tiempo nada se mueve, todo queda paralizado en el lugar que ocupa  en el momento en que la melodía detiene las agujas. Cuando volví a mirar hacía donde antes hallaba aquel hombre, solo me encontré con el cadáver de un chico joven, aquel personaje bien vestido se había esfumado.

   No se muy bien que inició todo aquello, pero me aparte de aquel cuchillo que amenazaba mi pecho, pude silbar a tiempo, la punta del arma estaba a escasos centímetros de mí. El hombre que lo sostenía tenía los inyectados en sangre, odio, ira, todo aquello estaba muy presente en la dantesca escena que me rodeaba.

   Apenas me quedaban unos segundos antes de que todo volviera a la normalidad y el reloj siguiera con su constante tic tac. Mientras salía de aquel lugar algo detuvo mi huida.

   -Bonito truco, joven. Su voz retumbo profunda, parecía bañada por el eco de la eternidad. Era grave y transmitía paz, calma.

   Mis ojos lo contemplaron con fascinación, su elegante traje negro, sus ojos verdes, y sobre aquella figura, posada en su hombro el ave que me llamó mi atención cuando la melodía acabó. Una hermosa lechuza blanca, que me miraba con expresión de curiosidad.

   -¡Oh, vaya te he sobresaltado! Mis disculpas joven. Mi nombre es Damian. No estés sorprendido, conmigo no funcionan esas artimañas. Hace ya que el tiempo y yo no jugamos en el mismo tablero.

   Un golpe metálico de una barra de hierro inició de nuevo la escena. Varios hombres y mujeres se golpeaban, se apuñalaban, se asesinaban entre ellos. La más grave de las demencias fue la artista creadora de aquel cuadro. En pocos segundos el silencio volvió a hacerse dueño de nuestro alrededor. Solo quedaba un hombre de unos 50 años vivo, aunque no le quedaba mucho hasta que terminara de desangrarse debido a las heridas que sufría tras golpes y cortes.

   Damian sonreía mientras yo luchaba contra mi estomago por no vomitar tras ver aquel espeluznante espectáculo.

   -Joven ¿Ahora no silbas?



domingo, 1 de enero de 2017



   Salto al vacío, el aire fricciona cada poro de mi piel desnuda La terrible caída que antes paralizaba mi cuerpo ahora es un vertiginoso gesto ante un Dios dormido, acomodado, sentado en un trono de soberbia sostenido por falsos profetas.

   Pero ahora eso que más da, caigo, mi corazón bombea sangre sin descanso, parece un animal ansioso de arrancar la carne y saltar de mi cuerpo hacía su propia caída en libertad, la verdadera libertad, esa que tanto han tachado de locura, pero yo solo caigo, y caigo y él se limita a bombear sangre, que hace que mis oídos zumben, que brote la adrenalina mezclándose con ese sudor frío que coquetea con el pánico.

   Supongo que mientras desciendo mi cuerpo tiende a normalizarse, mi desnudez se mezcla con la noche, me siento abrazado por las manos de la oscuridad, masturbado por el roce de la suave brisa, que parece querer brindarme una última satisfacción antes de mi destino. Nunca me gustó mi desnudez, pero la noche la adora, la besa, la envuelve. Ya no temo, ya no tengo presente el zumbido dentro de mi cabeza, ahora solo me dejo atrapar, sonrío, siento espasmos de felicidad ante la certeza de que mi gesto es hijo de la mas absoluta emancipación, espontaneidad, soy yo.

   Ahora cruzo la línea en la que todos me contempláis, observáis mis rasgos, mi desnudez, mi demencia, desde vuestro balcón, desde vuestras ventanas. ¡Miradme estúpidos! ¡Mirad como me baño en este cielo exhibiéndome ante las estrellas, mientras vosotros encendéis luces para que os tapen de la penetrante mirada de éstas!

   Todos alertados me señalan, gritan, el pánico en el gentío hizo su maravillosa aparición, bufón de la corte en un mundo donde las emociones están cristalizadas para durar eternamente, como no queriendo consumir vida mientras vivimos. Nuestros cuerpos en conservantes, y nuestros sueños en un desván donde dicen que habita un ser maligno llamado Anormalidad, no dejéis que os toque, pues podéis convertiros en un ser abominable.

   Queda poco para llegar al suelo.

   Escucho los gritos de la gente como ecos armónicos que marcan el comienzo de una nueva canción

   Y entonces, bato mis alas.