Un instante entre el caos, el aleteo de un ave despierta mis sentidos mientras todo se detiene alrededor. El vértigo, antes extraño en mi cuerpo ahora se convertía en el mejor anfitrión para albergar la percepción de mi nueva situación.
Cuando la locura se presenta con el amargo sabor a bilis y el golpeteo de la adrenalina mientras el paisaje se torna rojo sangre, no es fácil parar el tiempo. Algo sencillo para mí, en estos momentos, se hace altamente complicado. Para detener el tiempo debo centrarme en algo que esté detenido, en calma, que sea testigo mudo de todo lo que en la escena acontece.
Me centré en una figura lejana, traje negro muy elegante, ojos verdes, pelo perfectamente cortado y peinado. Una sonrisa cálida dibujada en un rostro hermoso, bien afeitado, todo impecable tanto en su indumentaria como en su aspecto.
Debia abstraerme mucho para hallar la melodía idónea para que el tiempo me escuchase. Esta vez no tuve más remedio que silbarla, con unos instantes me bastaba para huir de aquel lugar. No me apetecía ponerle letra a la melodía, ni el reloj corría a mí favor.
El aleteo de aquel ave fue algo extraño. Cuando detengo el tiempo nada se mueve, todo queda paralizado en el lugar que ocupa en el momento en que la melodía detiene las agujas. Cuando volví a mirar hacía donde antes hallaba aquel hombre, solo me encontré con el cadáver de un chico joven, aquel personaje bien vestido se había esfumado.
No se muy bien que inició todo aquello, pero me aparte de aquel cuchillo que amenazaba mi pecho, pude silbar a tiempo, la punta del arma estaba a escasos centímetros de mí. El hombre que lo sostenía tenía los inyectados en sangre, odio, ira, todo aquello estaba muy presente en la dantesca escena que me rodeaba.
Apenas me quedaban unos segundos antes de que todo volviera a la normalidad y el reloj siguiera con su constante tic tac. Mientras salía de aquel lugar algo detuvo mi huida.
-Bonito truco, joven. Su voz retumbo profunda, parecía bañada por el eco de la eternidad. Era grave y transmitía paz, calma.
Mis ojos lo contemplaron con fascinación, su elegante traje negro, sus ojos verdes, y sobre aquella figura, posada en su hombro el ave que me llamó mi atención cuando la melodía acabó. Una hermosa lechuza blanca, que me miraba con expresión de curiosidad.
-¡Oh, vaya te he sobresaltado! Mis disculpas joven. Mi nombre es Damian. No estés sorprendido, conmigo no funcionan esas artimañas. Hace ya que el tiempo y yo no jugamos en el mismo tablero.
Un golpe metálico de una barra de hierro inició de nuevo la escena. Varios hombres y mujeres se golpeaban, se apuñalaban, se asesinaban entre ellos. La más grave de las demencias fue la artista creadora de aquel cuadro. En pocos segundos el silencio volvió a hacerse dueño de nuestro alrededor. Solo quedaba un hombre de unos 50 años vivo, aunque no le quedaba mucho hasta que terminara de desangrarse debido a las heridas que sufría tras golpes y cortes.
Damian sonreía mientras yo luchaba contra mi estomago por no vomitar tras ver aquel espeluznante espectáculo.
-Joven ¿Ahora no silbas?