Nieve, juguetea, me roza, me golpea con suavidad, nieve que cae desde el cielo hasta este sucio rincón, hasta este gris callejón. La blanca pureza cubre el churrete de la humilde calle, del estrato más bajo de entre las avenidas, plazas, bulevares, vías, paseos. La arteria mas sucia desembocando en la parte de atrás de una cloaca llamada hogar, donde la felicidad es una mera ficción creada de la inventiva de una mente ingenua. Una ficción que yo he creído a pie juntillas.
Sentado, inmune a la fría mano de mi nueva compañera de juegos, mi mente centrada en el desarrollo de la aventura que tenía entre manos. La soledad sentada junto a mi contemplando con su vestido húmedo por los copos acumulados sobre la tela que cubría sus blancas rodillas. Una niña dulce, pálida y de voz dulce que rara vez habla conmigo.
El viento revuelve mi largo flequillo dándome la pose del héroe de mi historia, héroe que yo sostenía con mi mano derecha. Mi mirada y la suya, una sola, la expresión de quien va a hacer una gesta dibujada en mi rostro, la opaca mirada de un simple muñeco, pero en mis manos, el azote de toda injusticia.
El temporal parece ir "in crescendo", el desenlace de mi historia está a punto de llegar. Las pequeñas gotas de frío golpean mi abrigado pecho. Late fuerte, pero no por el frío, ni por miedo, si no de la emoción de llegar ya a la cúspide de la aventura. Una voz cálida y femenina que me llama, "se que tengo que entrar mama, pero aún no he acabado".
Mi mente centrada en el dialogo entre los dos antagónicos personajes, en mi cabeza la fábrica de ideas, gestos, miradas, ropa, escenario, clima, si, el clima, las sombras del atardecer, el apocalíptico gris anaranjado de la tragedia. Todo se va superponiendo en mis pensamientos, adquiriendo trazos de realidad que hacen que mi alrededor solo sea interrumpido por una dulce canción que tararea esa pequeña y dulce niña pálida que tengo sentada tras de mí. Una tierna melodía sin letra, parece una nana, parece una de esas canciones que te arrancan la coraza para meterse a vivir en tu pecho haciendo que tiemble, que se emocione y que bombee lágrimas a tus ojos. Ese dulce canción que solo puede escucharse por primera vez de la boca de una madre.
Esa canción casi tapa el eco que golpea tras mi cabeza. Voces que se lanzan hirientes comentarios, palabras sobre la cuerda floja del respeto, jugando a caer y ser veneno o a ser funambulista avergonzado. La mugrienta realidad golpeando con discusiones y "tu más", frases que se quedan grabadas, dardos que nunca se deben lanzar, y que si se hace, en un detestable golpe, hacerlo con el pudor de quien enseña algo obsceno y pornográfico ante la inocencia de quien no ha puesto leyes al mundo. Un niño contra la realidad, desnuda, cruda, con las manos manchadas de sangre, de heces, de miseria, de hipocresía, de egoísmo. Soledad llora, me abraza, mi heroe ya no está, se ha marchado, solo esta realidad frente a mi, gritos y amenazas, ira, rabia, los brazos de esa niña rodean mi cuello, y la canción ahora es sollozo y mi heroe un trozo de plástico sin sentido, y la nieve, la nieve es barro bajo mis pies. ¡Marchaos! ¡Dejadme solo! ¡Marchaos! ¡Marchaos!