La oigo llegar, me quedo petrificado, sin poder moverme ante su presencia. Ella sonríe, sabe que me posee. Levanto los ojos, esos ojos, húmedos, tintineantes como dos estrellas de invierno. Es tan fugaz y perecedero a la vez que intenso, una eternidad apagada paulatinamente en la huida de un suspiro.
Cegado ante su resplandor, sin poder contemplarla, en mi mente, le pongo rostro, unas veces tristes, otras apasionados. Una boca que me cuenta quien es, que susurra lo que mi voz debe cantar. Me roza con delicadeza, después, muerde y envenena toda mi consciencia, haciendo de mí un vil títere. Me arrodillo y suplico que nunca se vaya. Su cuerpo es labrado por mi imaginación, su piel unas noches de inocente palidez y otras de morena pasión. Unas veces experiencia excitante y otras juventud atrayente.
Musa no vuelvas a marcharte, pues mi angustia empieza con el último eco de tus pasos. Me ahogo, no puedo mas que exhalar suspiros, cuando estás las palabras corretean entre algunas historias vividas y muchas otras por vivir.
Te visto, te doy vida, te doy gracia y elegancia. Eres mi todo durante ese instante, sí duras un latido, ese latido es por y para ti, esa sangre que se mueve en mis entrañas es movida en tu nombre. Mi mente esta centrada en tu respiración, en como sube y baja tu pecho, en como el universo se pliega, se contrae hasta perderse en tus ojos. Sí hay un recuerdo es tuyo, sí hay un futuro es junto a ti, y sí se vive un ahora es para ti.
Ya, ya se marchó, se fue, se apagó el resplandor, la luz que cegaba a la realidad, sobre nostálgicas sabanas queda su olor y sobre ellas escrita con mi letra una canción.