Escucha mi voz, es profunda la esencia que
se desprende de cada palabra que hoy te diré. Mi tono ha cambiado, mi mirada se
torna opaca. La presa ha desnudado su mezquindad para que la contemples y te
excites con su dura, caliente y mojada maldad.
Ante ti tienes a quien te engañará con la
oscura y rítmica sinfonía de su vocablo, parpadeante emoción, hipnotizante
decadencia. Te tendré en mis manos y con un solo gesto te arrojaré al pozo más
hondo que puedas imaginar.
¿Aún conociendo esto quieres continuar con
nuestra charla? ¿Arriesgarte a ser mi nuevo trofeo? ¿Qué pretendes conseguir de
mi? ¿Crees que soy un reto? ¿Crees que esto es un juego?
El frio es solo un aviso, el silencio la
certeza haciéndose realidad, posándose en tu cabeza, como una mascara de
hierro, como una tortura inventada única y exclusivamente para ti. El desprecio
es ese rincón donde poder tomar aire antes de un nuevo golpe de mis labios,
arrancando hasta la última bocanada de dignidad que quede en tu insignificante
alma.
Ahora, ante mí, solo una piltrafa
arrastrándose, mendingando un poco más de desprecio que le haga tomar tiempo
antes de la próxima oleada. ¿Después de todo esto me amas? ¿Incluso así eres
capaz de mirarme con una pizca de amor, un brillo que se refleja en el destello
de tus lágrimas? Nunca te entenderé, nunca. Ni con tu amor podrá saciarse el
ansia demente de un corazón tan ennegrecido.
Tu reto, tu amor, solo es un traidor, que devuelve tu cariño
con paladas de repulsión. Quieres cambiar lo que habita en mí, pero no eres
capaz ni tan siquiera de entender que es eso lo que te atrae. Tu luz quiere ser
ahogada en mi oscuridad, quieres que mi orgullo entre una y otra vez en ti,
despojándote de inocencia a cada embestida, arrancando gemidos de derrota en
cada acometida. Y la lucha sigue estando en el momento más ardiente, tu amor
contra mi odio. Tu bondad contra mi obscenidad.