No hay nada como levantarse pronto y hacer algo de ejercicio. Quizás sea una costumbre un poco olvidada, pero la he retomado desde hace tiempo. Es un momento perfecto, equilibrado, donde el mundo se empequeñece, un rítmico latir, música, viento, una tímida lluvia coqueteando con mojar la enmarañada coleta y mi jadeante respiración.
Hay momentos en los que pararías, pero tu voluntad hace que consigas acabar, que sigas adelante, aprietas los dientes, sonríes y sigues. El sudor resbalando por la frente hasta la nariz, por las mejillas, la camiseta pegada al cuerpo, y una innegable sensación de libertad.
Cuando todo ha acabado, cuando ya estas duchado, con el pelo mojado sobre la espalda, sentado degustando un té, eres consciente de lo significativo que es un momento así en la vida. Me preparo para seguir con esa comunión, con la cita deseada, con contemplar a esa musa que hace que el tiempo carezca de sentido. Con degustar de su boca un tan anhelado suspiro que me invite a secuestrar el calor de su piel, a arrancar el olor de su cuerpo para hacerlo mio aunque solo sea un instante, a acariciar su húmeda libertad antes de adentrarme para servir sus deseos. Somos esclavos de las musas.
Mañana ya purgaré mis pecados en una montaña llamada mundo real. Ahora, después de la natural comunión con mis instintos, dejadme a solas con mis musas.
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