miércoles, 20 de septiembre de 2017

El viejo y el Mar

   Susurra la noche su dulce canción, deambulando por cada esquina, acompañando la vibrante danza de las sombras a la luz de las velas. Una puerta que se cierra para anunciar la llegada de un forastero que se adentra con pasos cansados, empapado por la lluvia que celebra fuera la llegada del nostálgico otoño.

   El hombre se quita la chaqueta y se sienta en la barra de aquel viejo bar. Bajo los bucles de su pelo mojado se esconde un rostro de sonrisa agotada y unos ojos de pasado incierto. Pide con voz profunda una cerveza bien helada y con ágil gesto aparta los mechones de su melena para dar el primer trago directamente de la botella.

   Se gira para contemplar a su alrededor. Varias personas se cobijan de la oscuridad del apagón en aquel cálido rincón del mundo. Un bar cualquiera, un sitio olvidado del mundo donde poder tomar algo y huir del loco mundo. Velas para ahuyentar la oscuridad, música suave para esconder las palabras de oídos indiscretos. Y sus cansados a la vez que vivos ojos marrones mirando uno a uno a todas aquellas historias vivientes intentando distraer el alma del lastre adquirido por días y días a lo largo del tiempo.

   Con un gracioso salto se incorpora del taburete donde estaba sentado y se pone en pie frente a la mirada curiosa de los allí presentes.

   -Mi nombre no importa, mi historia tampoco, pero quiero contaros algo que alguien contó a otra persona que a la vez contó a un tercero y que ese tercero hizo canción. Una canción que despierta corazones, que enternece las almas, que nos devuelve a ese niño hambriento de aventuras que todos llevamos dentro.

    El extraño personaje se puso en medio de aquel salón ignorando la voz de algún borracho que lo mandaba callar.

   -Hoy solo os contaré la historia, pero si tenéis mas curiosidad, pronto os la cantaré. Bien, comienza la historia una fría mañana de invierno, el padre de quién contó la historia se dirigía a disfrutar de un rato de pesca, era un pueblo pesquero, un rinconcito tan olvidado que aunque os dijera el nombre ninguno de vosotros lograría encontrar. 

   Este hombre caminaba absorto en sus pensamientos cuando de repente su mirada se posó en un bulto inerte que había frente a él en la orilla del mar. Las olas lo golpeaban como repudiando a aquella extraña silueta. Este hombre se acercó y pudo ver con terror que se trataba de un hombre. Un viejo de barba gris y escasa melena envuelto en una roída manta. Se apresuró a ver si todavía andaba con vida y pudo comprobar que aun débilmente su pecho subía y bajaba en un bucle lento y parsimonioso.

   Lo incorporó sobre su pecho y lo cubrió con su chaqueta, el viejo despertó sobresaltado. El padre de mi amigo viendo el lamentable estado en el que se encontraba el hombre lo ayudó a incorporarse y apoyándolo en su hombro consiguió llevarlo hasta su furgoneta.

   El viejo parecía perdido, no sabía donde se encontraba, estaba en un estado de shock debido al naufragio. Terminaron ambos tomando un café en alguna taberna cercana a aquella playa. El pescador le había dado ropa seca para que se cambiara y pudiera calentarse.

   El viejo ya más tranquilo y entrando en calor con la taza de café humeante frente a él comenzó a relatar su historia:

   "Soy como dirían algunos un viejo lobo de mar. No se que día es hoy, ni donde estoy, ni tan siquiera la edad que tengo ya. Los días en la mar son todos iguales, el sol en su monótona rutina confunde a cualquiera que viva sobre el mar. Y dormido acabé una noche en mi velero y dormido monté a lomos del oleaje, siendo un potro salvaje e indomable para un jinete viejo como yo.

   No se cuanto tiempo he pasado navegando, solo se, que mi destino está sobre ese corcel, sobre la libertad del viento, con mirada perlada en sal, con los vaivenes de sotavento, con sirenas que me han de cantar, con el oscuro azul lamento que me ofrece mi amada la mar.

   Allí he de acabar mis días, pero mi amada es caprichosa y un día de reproches por temporal golpeando mi velero a sus manos me fue a lanzar. Y como muchas mujeres hermosas en sus brazos no me quiso amarrar, pues no se si es amor verdadero o triste beso temporero que de sus caderas me quiso apartar.

   Soy un viejo lamento que está enamorado de la mar, soy loco, un elemento, que a puerto amarra tarde para en la mañana con víveres volver a zarpar. Amigo gracias por rescatarme pues las olas a ti me han traído y mi historia mereces escuchar.

   No conozco felicidad sin el chillido de gaviotas, sin golpetazos de sal, sin olor a madera rota, sin mis cuerdas volver a amarrar. Con mi voz y mi velero he aprendido a olvidar que en tu mundo en vida muero y mi lecho está en la mar. Izo las velas al viento silbando una melodía, entreteniendo a mi amada mientras su hermana Eos me ayuda a zarpar.

   Te cuento está pequeña historia para que algún día la puedas cantar. Haz de mi existencia ejemplo de locura y felicidad. Soy un viejo loco enamorado de la mar. Fui polizonte viajero, pescador y marino militar, pirata, pendenciero y de niño trobador sin más. Me trajo a puerto la niebla y la niebla de puerto me llevará. Ten certeza pescador que tu ayuda se pagará. Soy un fantasma embustero, un alma en pena al azar, de ti lo que espero ya tengo, de mi algo más que gratitud tendrás."
   
   Al decir esto el viejo se levantó y con expresión dulce sonrió al pescador señalando por la ventana. El cristal estaba empapado por la humedad, de repente una espesa niebla se había levantado aquella fría mañana de invierno, cuando el hombre volvió a buscar con la mirada al anciano marinero allí ya no estaba. Un melodioso silbido se escuchaba alejarse fuera entre la densa neblina.

   Cuentan que fortuna es caprichosa, que no a todos los hombres les roza con bonanza. Pero el piadoso pescador tuvo vida larga y dichosa pero eso, es otra historia por contar.

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