martes, 22 de agosto de 2017

   Agita el vendaval las hojas del arbol y él sigue bailando, danzando su tango de soledad, su vals, su maravilloso gambeteo, elegante, calculado, inherente. Alza las manos mientras la tormenta golpea cerca de donde se encuentra, llama al relámpago para que lo contemple, para que lo envidie, míralo relámpago, mira sus manos elevadas desafiantes ante tu majestuosidad, mira como compiten con llegar más alto que el martillo que golpea tu yunque. La tormenta crece y el silbido del vendaval pasa a ser ciclón, levantando las hojas secas que padre otoño dejó en su lecho. Miralo ciclón, como gira sobre si mismo con tal gracia que el viento de tu mano se detiene un segundo entre el molinete de sus piernas. Observa como envida tu poder, como reclama su jerarquía ante tí. El baile continua mientras lluvia comienza su tintineante canto, cayendo sobre su frente, sobre su pelo, haciendo que bucles mojados acaricien la lluvia en un gesto tan delicado que parecería obsceno ante los ojos del más impío. Las gotas caen y se mezclan entre sus lágrimas, como lo harían dos amantes ávidos de lujuria, abrazandose sin pudor hasta entrar el uno en el otro, desafiando todo aquello que les separa, haciendo que su fusión sea aún mas hermosa e irreverente. Él, continua extasiado, ajeno a todo su vivir hasta ese momento, concentrado en ese explosivo instante, la naturaleza luchando contra él y él derramando su alma en aquel fascinante baile. Más rayos golpean ahora más cerca de donde se arrodilla para de un brinco volver a elevar sus manos al cielo como una nueva burla a la tormenta. El huracán golpea más fuerte sus ropas y su pelo empapados son ahora bandera luchando por mantener la forma entre los salvajes movimientos que aquel hombre seguía ejecutando. Baila por que su instinto es bailar, ejecuta ese baile hasta la extenuación mostrandole a las leyes naturales que él solo sabe danzar y que si no son capaces de aceptar esa forma de vida, no les queda más remedio que verlo apagarse como lo haría una llama. Apagarse en su mayor explendor, su danza de vida y muerte.

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