martes, 2 de septiembre de 2014



   Se detiene la función, el mundo real y el reloj hacen un trato. Apenas hay distancia entre nosotros, desciende mi mirada desde el más hermoso cielo hasta el más cálido y ansiado infierno. La respiración comienza a hacerse eco en mis oídos, la paciencia y la cordura hace rato que huyeron de mi cabeza. Sé muy bien que está mal, sé muy bien que no es el momento, pero también sé que mi mente carece de voluntad.

   Me acerco sin ser consciente de mis pasos, centrado única y exclusivamente en el brillo de tus labios. Un animal ansioso por fundirse con la luz que refleja tu boca que se torna en sonrisa al ver la obediencia de mi ser ante el deseo. Mis ojos dicen no hay reglas, no hay limites, solos tu y yo.

   Se rompe el tejido que separa al rubor de la pasión, un mordisco acompañado de un gemido, el dolor se pasea dulcemente por el cuello mientras las manos descienden a ciegas buscando mas calor, mas suavidad, mojada delicadeza. No hay nombres, no hay pasado, ni futuro, el tiempo se queda observando como un voyeur al que no han invitado a participar. Se turba el equilibrio de dos cuerpos hasta caer entrelazados, unidos por el vaivén de las caricias, por el choque de besos, por el palpitar de la sangre. Besar y chupar, lamer y mirar, interrumpido solo por el sucio susurro del paraíso, por la lujuriosa voz del deseo justo antes de entrar. Golpea y agita, manantial que fluye entre la dura presencia del delirio, dos animales jadeando arañando la concepción del erotismo. Sube la marea arrebatando cualquier atisbo de egoísmo, solo dos cuerpos bañados por un obsceno anhelo.

   Quema la respiración, arde mi piel, golpea el animal, más fuerte, más duro, sincronizando el tic tac. Ata cada palabra a mi memoria, sabes que me endurece más, más, más...

   Precioso pecado bañado en tu mar, resbalan los besos con sabor a sal, anclado en tu espuma quiero naufragar.






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